Alberto Sierra ha sido uno de los pilares de la vida artística de Medellín en las recientes décadas: fue promotor de la creación del Museo de Arte Moderno y el creador de la Galería de la Oficina, donde grandes nombres del arte nacional han exhibido su obra, y donde también han encontrado espacio los jóvenes creadores.

 

Fue coordinador del Primer Coloquio Latinoamericano sobre Arte No-Objetual y Arte Urbano, y ha sido el curador de varias exposiciones en el país, así como de reconocidas instituciones: el Museo de Antioquia, el Centro de Artes de la Universidad Eafit, la colección de arte de Suramericana, entre otros.

 

Alberto Sierra habla sobre aspectos de su educación, su vida y su carrera. 

 

- ¿Cómo nació en usted el interés por el arte?

 “Yo creo que uno nace con una aptitud, con algo que le interesa, hay unos que salen buenos para las matemáticas, otros para otras cosas, y a mí me interesaba esto, de pronto porque venía de una familia muy religiosa y me gustaba el rito y las imágenes y esas cosas. Tanto que mi mamá quería que yo fuera cura”.

 

-¿Cura?, ¿y qué pasó con ese deseo?

 “Pues nada. Yo estaba muy chiquito, pero estudié filosofía por tres años en el Seminario. Cuando terminé vagué un año, luego pensé que no tenía porqué volver allá, al Seminario. Entonces, simplemente, elegí la carrera de arquitectura”.

 

- ¿Por qué escogió arquitectura y no arte?

 “A ninguno de nosotros se nos ocurría estudiar arte, eso no se usaba. La arquitectura era una profesión de esas como responsables, estrictas, que hay que conocer muchas cosas en la vida.  Yo sufría porque era muy malo para las matemáticas, y ya estaba ‘encarretado’ con el arte. La arquitectura es una carrera muy global, me llamó la atención, y cuando la estudié siempre me incliné más por el lado de la estética, que ahí es súper importante, y me fui yendo por la parte del arte. Estudié en la Universidad Pontificia Bolivariana”.

 

- ¿Ejerció como arquitecto?

 “Yo ejercí como arquitecto dos años, aunque más que como arquitecto ejercí fue como profesor de la Facultad de Arquitectura, enseñaba diseño gráfico y otra cosa que se llama educación visual.  Trabajé junto a unos amigos con los que puse una oficina en el edificio de Camacol. Era una  oficina chiquita, teníamos poco trabajo, y un amigo de Bogotá nos dijo: ‘¿Por qué no ponen una galería?’ ¿Y cómo íbamos a llamarla?, pues Galería de la Oficina y ya. Nació en un espacio de cuatro por dos metros, era una cosita, luego había un panel y ahí seguía la oficina.  Una vez hicimos una cosa muy divertida que fue una exposición de grabados de Obregón, eso fue como en 1972, y la gente no creyó, la gente preguntaba que si eran de verdad. En la Galería hicimos varias exposiciones y ahí hacíamos cócteles, logré hacer allá exposiciones creo que de Félix Ángel, de Saturnino Ramírez...”.


- ¿Cómo recuerda usted que era Medellín en esos primeros años de vida profesional?

 “Eran épocas en que Medellín, no sé, como que se estaba volviendo grande. En 1968, en 1970 y en 1972 tuvimos las Bienales. La gente estaba muy entusiasmada, las Bienales causaron furor, había gente de Argentina, de Uruguay, de España... había cosas grotescas y cosas maravillosas, entonces todo el mundo abrió los ojos.  Las Bienales fueron un invento de Leonel Estrada. Hubo una época en que no había coleccionistas de arte en Medellín, era muy difícil, y el arte se volvió importantísimo a partir de las Bienales, la gente compraba obras a plazos, hacía cosas con muchas ganas y con mucha fe. Antes de las Bienales no había ningún entusiasmo”.

 

-¿Cómo participó usted de esas tres primeras Bienales?

 “En las dos primeras como espectador y en la tercera como artista”.

 

- ¿Artista?, esa no es una faceta suya muy conocida, por lo menos hoy en día, ¿cómo fue eso?

 “Es que en la facultad de arquitectura hay unos señores que se llaman Jaime Jaramillo y Miriam Uribe, y ellos fueron mis profesores de educación visual, entonces yo empecé diseñando una revista de ingeniería, arquitectura y construcción, y me fui metiendo en el diseño. Diseñé el afiche del primer Festival de Tango y después hice cosas como diseñar el logo del Metro con Carlos Zapata”.

 

- ¿Y cómo fue su participación en la tercera Bienal, la de 1972?

 “Con una cosa sobre Mao Tse Tung, Marilyn Monroe... una bobada. También participé en la Bienal de Artes Gráficas de Cali”.

 

- ¿Continuó con su carrera de artista? 

 “Es que uno hacía tantas cosas, uno servía para todo. Como los curadores no existían entonces uno asumía serlo, uno se enreda. En esa época también tuve una revista de arte divina, yo hacía todo ahí, hasta conseguir la pauta”.


- Por esa época ya también estaba funcionando la Galería de la Oficina, ¿cómo se consolidó este espacio?

 “Mis amigos arquitectos se fueron a estudiar a Europa, ellos eran los buenos, los que realmente sabían diseñar arquitectura, yo estaba allá ‘encarretado’ con otra cosa, entonces la oficina de arquitectos se cerró, pero la galería quedó con el nombre.
Yo me pasé para un local en la calle Sucre, más o menos en el 74 o en el 75, luego nos fuimos para la avenida La Playa, no me acuerdo cuánto tiempo estuvimos allá, y luego nos vinimos para acá, a El Poblado.  A los artistas los iba conociendo en las Bienales de Medellín, o como ya uno como tiene galería pues tiene que ir a Bogotá, tiene que ir a Cali, empezaba a tener contacto con ellos.  Cuando a un artista le dicen que una galería es muy cuidada y que no exhiben a cualquiera, ellos se interesan. 

Fue apareciendo gente como Óscar Jaramillo, Félix Ángel, Ethel Gilmour, Humberto Pérez, Dora Ramírez, Hugo zapata, Álvaro Marín, Alberto Uribe, Ronny Vayda, y poco a poco la Galería estaba más consolidada. Empezó a aparecer gente de Bogotá confiando en la Galería, entonces llegan exposiciones de Beatriz González, de Omar Rayo también, un montón de exposiciones”.

 

- ¿Qué era lo que pasaba en esa época para que los artistas fueran un grupo tan unido, para que los grandes nombres del arte nacional hicieran amistades que incluso hoy se mantienen?

 “Es que en las Bienales una de las cosas más ricas que había era conocer a los artistas, la manera como dicen las cosas. La magia de los artistas es una locura, y se fueron aislando en un grupo que decía: ‘es que nosotros queremos ser artistas”. El arte mueve el espíritu y mueve la organización propia de la vida”.

 

- Fue ese grupo de artistas, en el caso de Medellín, los que hicieron parte de la Generación Urbana, ¿qué era esto?

 “Lo que creímos en esa época es que todos los artistas antes de nosotros habían sido unos paisajistas, pero que la ciudad como tal no había sido apropiada, aunque luego uno se pone a reflexionar y se da cuenta de que eso lo había  hecho mucho antes Débora, y mucho antes Pedro Nel.  Esa generación pasó a la historia con la exposición de ‘Once artistas antioqueños’, que primero se hizo en Bogotá y luego yo la traje a Medellín”.

 

- Esos grupos de jóvenes artistas que aparecieron en muchas ciudades del país fueron los que fundaron varios de los museos de arte moderno que hay en Colombia, en el caso de Medellín, ¿cómo se dio la fundación del Mamm?

 “Nació en 1978, porque en 1972 se pararon las Bienales y quedó un vacío para nosotros. El Museo de Antioquia no estaba para nada, había unas señoras allá y el Museo no era importante, entonces dijimos: ‘Creemos un espacio’.  Yo incluso le escribí a Fernando Botero y le dije que creáramos un nuevo espacio, y él me respondió que no había por qué crear dos museos, que 

hiciéramos más fuerte el que existía, pero el Museo de Antioquia era inaccesible.  En algún momento, con unos amigos, dijimos: ‘Bueno hagámoslo, pero hagámoslo en serio”, eso fue en una reunión en la Galería, cuando estaba en La Playa, en el 78, y constituimos el Museo, pero todavía no teníamos sede, duramos así algún tiempo, aunque corto.  Ya en la época de Belisario conseguimos la sede del Carlos E. Restrepo, que era el centro comunal de ese barrio, y lo estaban usando casi como una capilla.

 Montar el Museo se volvió todo un evento, hay fotos de gente subiendo los ladrillos; las señoras Sor Beatriz Duque y Martha María Restrepo empezaron a hacer fiestas, a invitar a los artistas importantes.  Se armó una hermandad increíble, y el Museo en su filosofía actuaba en la ciudad, incluyendo cosas como el diseño industrial y la arquitectura. La gente era generosa, los artistas regalaban obras porque veían el Museo como un sitio de ellos.  Entonces llegó la cuarta Bienal de Medellín, y un personaje, Juan Acha, nos dijo: ‘Yo les hago un evento paralelo a la Bienal, necesitamos poner a pensar a la gente, hagamos el Coloquio de Arte No Objetual’, yo fui el coordinador y casi el director”.

 

-El Coloquio se hizo paralelo a la cuarta Bienal en 1982, ¿cómo fue?

 “Fue como una especie de guerra en un mundo tan chiquito, entre la Bienal y el Coloquio. El Coloquio quería revalorar la idea de la obra de arte como solo un objeto. En las Bienales había habido performance, pero en el Coloquio había performance cada hora, las cosas más locas, más deliciosas, hasta con helicópteros.  La gente estaba entusiasmada, el Museo se convirtió con ese Coloquio en un referente para América Latina, la gente entendió que el arte eran otras cosas, y fue una rivalidad riquísima con la Bienal”.

 

- Pero después de ese Coloquio y de esa Bienal no pasó mucho en Medellín para el arte, ¿qué hubo en esa época?

 “Se creó el Parque de las Esculturas en el Cerro Nutibara, que nació con esculturas de artistas colombianos y extranjeros, y la idea es que el parque se cultivara añadiéndole más esculturas con el tiempo.  Tuvimos mucho apoyo de la Alcaldía y la Gobernación cuando lo ideamos, pero cuando llegó la siguiente administración dijo: ‘Ah no, a mí no me interesa eso’. Por eso los museos no se pueden meter en política, porque si falla el alcalde falla el museo.  En este momento ese Parque de las Esculturas debería tener 100 culturas, y se podría haber cultivado, y se podría haber hecho una cosa maravillosa, pero ya no”.

 

- ¿Cómo le iba al Museo durante esa época?

 “Tuvo una época de oro maravillosa hasta que Botero decidió donar sus obras al Museo de Antioquia, el Museo de Arte Moderno se fue empobreciendo y empobreciendo, hasta que fue total, porque todo el mundo le prestaba atención solo a Botero.  Cuando pasaron los años y eso se asentó, la gente regresó la mirada al Museo de Arte Moderno, y lo volvieron a coger. Y hoy es lo que es.

 El Museo es absolutamente competitivo, y la ciudad tiene mucha consciencia de museos, hay una cantidad de cosas de arte que están saliendo y que a la gente le interesa, la ciudad es más compleja”.

 

- Usted fue un actor clave en la renovación del Museo de Antioquia a principio de los años 2000, ¿cómo fue esa experiencia?

 “Me llamó Pilar Velilla, la directora, para hacer unos ensayos de la colección, y me preguntó si yo era capaz de hacer la museografía del Museo, y yo la hice toda. El interior del Museo de Antioquia es mi responsabilidad.  También colaboré haciendo el montaje de la colección permanente de Botero”.

 

-¿Cuál considera usted que ha sido su mayor éxito?

 “El Museo de Arte Moderno y las revistas de arte que publiqué, las quiero mucho”.

 

-¿Tiene alguna tarea pendiente?

 “Ay, yo ya no quiero tareas pendientes... no”.


 Periódico el Mundo

 Entrevista por Juan Esteban Agudelo

 Octubre 6 de 2012